sábado 22 de octubre de 2011

Pequeño homenaje al poeta Andrea Zanzotto (10 de octubre, 1921-18 de octubre, 2011)

Murió el poeta Andrea Zanzotto. Muerte nonagenaria pero, con todo, inesperada. Si así, pero no así: no en ese momento. Acaso todos, desde diferentes latitudes, presionamos demasiado al poeta con aquello de poner, consciente o inconscientemente, nuestros ojos y expectativas en que, en efecto, lograra cumplir sus 90 años. En mi caso, la urgencia ocurrió a partir del 2009, después de que mi amiga de Segusino, en Treviso, Italia, de nombre Dària De Rui, me recomendara repetidas veces -tras haber leído mi propia obra en véneto- que leyera de inmediato a Andrea Zanzotto, y también a Luciano Cecchinel. Fue tal su encomio que se ponía a transcribirme por el chat algunos fragmentos de los poemas de estos dos poetas, sobre todo de Zanzotto. Fue ahí que resurgió la palabra véneta [pustèrn], que Zanzotto escribía [posterno] hacia el final de su poema Vecio parlar, uno de mis preferidos de él en lengua véneta. [Posterno eterno], escribía Zanzotto. Y yo preguntaba a Dària sobre el significado exacto de esa palabra véneta que en Chipilo hemos perdido, y de la cual sólo sabía vagamente que tenía que ver con un lugar siempre en sombras. Perdimos esa palabra en Chipilo, pese a haber mantenido el véneto durante ya 129 años, porque se refiere a un lugar específico de los bosques prealpinos que nuestros antepasados poblaron (y, así como con 'pustèrn' ocurrió con otras del mismo tipo, que ya no fueron necesarias en la nueva realidad de los colonos inmigrantes llegados en Puebla a un entorno cuya naturaleza era del todo distinta a la antes conocida).


     En noviembre de 2009 hice un viaje relámpago a los pueblos de mis antepasados paternos a fin de presentar la versión digital de mi novela Al prim, que sería publicada luego en un volumen de varia invención (esa novela, relatos, cuentos, poemas, textos sin forma definida) de título Ancora fon ora. Ya deseaba ver a Zanzotto porque ya lo había leído en lo que Dària me transcribía, y porque encontré el libro publicado por la Iberoamericana y por Artes de México con una selección de poemas de Zanzotto, precedida por su interesante Autorretrato, que fue el texto iniciático para mí, ya que en él Zanzotto contaba cómo se formó en la lengua, en las lenguas, en el lenguaje, desde el véneto de su natal Pieve di Soligo hasta el italiano, el francés, el alemán, el latín. Ese texto, encontrado en los estantes de los libros de Mario Bellatin mientras yo pasaba una semana a solas en su casa, cuidando a sus perros y escribiendo en ausencia de Mario, que estaba en Argentina, me encendió de tal modo que tuve que escribirle de inmediato a Dària para comunicarle por fin que sí, que había acertado del todo, y que haría todo lo posible por lograr conocerlo. Pero mi viaje era la próxima semana y la lectura del libro Del Paisaje al Idioma. Antología poética, traducido por Ernesto Hernández Busto era lo único que yo había podido hallar sobre Zanzotto en español. De manera que tuve que llegar a Italia con un conocimiento muy reciente y más o menos precario sobre su obra. De lo único que estaba seguro era de que lo intuido en el Autorretrato me inquietaba más y más. Paisajes. Zanzotto se refería con misteriosa recurrencia a los paisajes, algo que siempre me fascinó pero a lo que nunca antes había sabido darle forma en mi interior. Las tardes pasadas en Chipilo, cuando todavía era un adolescente y trabajaba por obligación en el establo familiar, esas nubes, esas lejanías; las mañanas en que debía despertar y levantarme a las cinco: el frío que sólo se quitaba agarrando la pala o poniéndose a ordeñar cuanto antes.
     No logré conocer a Zanzotto en ese abrupto primer viaje de sólo seis días, pero Dària me recibió en Segusino con varios ejemplares del poeta, entre ellos una antología poética, el maravilloso volumen de poesía y prosa selecta de Meridiani y el último libro de Zanzotto, Conglomerati, publicado ese mismo año 2009 y sólo un mes antes de mi llegada. Ella y el municipio de Segusino me habían preparado ese magnífico regalo. Regresé leyendo más y más de su obra, en el avión, en el autobús que luego tomé hacia Puebla.
    Cuando, apenas llegado a casa, vi a mi madre y me disponía a desayunar mientras sacaba libros y demás cosas recién traídas de Italia, mientras le contaba todo, ella confundió el grueso volumen de Meridiani, con la poesía y prosa selecta de Zanzotto y, creyendo que era el paquete de la leche, la vi abriendo el refrigerador, con intenciones de guardarla. ¿Pero qué haces?, le dije. Se dio cuenta. Las carcajadas. Le conté a Dària y dijo que estaba muy bien que mi madre quisiera conservar a Zanzotto, para que todavía nos durara varios años.
    Llegó, sí, a los tan deseados noventa (tan deseados acaso por otros, no sé si él los deseaba), pero murió a los ocho días de haberlos cumplido.
    Pude, sin embargo, visitarlo en su casa de Pieve di Soligo, en Treviso, durante mi segundo viaje. También ahí me llevó Dària. Estuvimos hablando véneto con él y con su esposa Marisa Michieli. El véneto de Marisa un poco diferente, por ser de Montebelluna. El de Zanzotto, en cambio, impresionantemente parecido, casi idéntico, al conservado en Chipilo. Creo que ambos nos sorprendimos por ese hecho. Yo para entonces ya tenía entre mis poemas favoritos de Zanzotto en véneto el de Vecio parlar. Se lo dije y comenzó a recitarlo. Una emoción enorme. Nos invitaron a un encuentro en Follina que se realizaría entre él y la poetisa Patrizia Valduga, evento al que fuimos. Ahí mencionó a Chipilo públicamente, acto frente al que yo quedé atónito, inmóvil. Nos calificó de nobili fantasmi más reales que ellos, los vénetos italianos, por haber conservado la palabra y la identidad por más de un siglo y en otro continente.



     Ya para entonces Jeannete Lozano Clariond, de Vaso Roto Ediciones, me había contactado a través de Giampiero Bucci, escritor y filósofo romano que enseña en la UANL. Necesitaban, me dijeron, a alguien que estuviera en el mundo de la cultura y la literatura, a alguien con quien se pudiera trabajar en armonía, y, sobre todo, alguien que pudiera entender a Zanzotto cuando escribía en véneto, cosa, esta última, que me pareció extraordinaria, y que luego los tres hemos calificado de 'cosa del destino': de ese destino que crearon mis antepasados paternos y comunitarios en general al haber perseverado en la preservación de la palabra. Jeannette Lozano Clariond siempre se refirió a esa conjunción de elementos del destino como algo que yo debía tomar de manera natural, como un resultado evidente de lo que los fundadores de Chipilo instauraron a su llegada. Un legado que ahora debía ponerse al servicio del futuro y el presente, al confluir y cristalizarse todo ello en la traducción de las prosas selectas que trabajamos Giampiero Bucci y yo, en lo que fueron arduos meses que ambos supimos por fortuna también vivir como lo que en realidad fue: un privilegio.
     El efecto Zanzotto, como lo calificó de manera tan atinada Bucci, es introducir al lector en una lección polifacética y en una iniciación acaso definitiva en el mundo de la poesía. Ese efecto también yo lo recibí. La poesía, a la que tuve siempre tanto miedo, de la que me mantuve siempre en un respetuoso alejamiento, ahora es parte fundamental de mi existencia, porque eso es lo que consigue Zanzotto no sólo con su poesía, sino también con sus prosas sobre la poesía y, en general, sobre la palabra.


     Sin embargo, viví todo el proceso de traducción de las prosas de Zanzotto con una íntima seguridad: que su autor estaba, sí, lejos, en Italia, en Pieve di Soligo, pero al alcance del teléfono más o menos en cualquier momento. Hubo ciertas relecturas de su prosa que hice al traducirlo y que me llenaron de una fogosidad casi insoportable, al grado que estuve varias veces a punto de marcarle, y eso le decía yo a mi amiga Dària, y ella me animaba a hacerlo, pero yo me negué siempre, porque "habría podido sólo preguntarle bobadas". La misma intensidad de las lecturas me conducía a esa afasia tan mencionada por Zanzotto. Le decía a Dària que a lo mejor terminaría sólo balbuceando por teléfono y preguntándole cómo se llamaba esa abuela suya que él mencionaba repetidas veces. Dària se reía y yo aplazaba el telefonazo. Había una seguridad: él estaba. Y está, sigue estando, aunque ya no esté. Como suele decirse.
     Tuve la fortuna de verlo y hablar con él por teléfono y en persona, de hablar y preguntarle muchas cosas, siempre en véneto, de que leyera algunos de mis escritos -que le hizo llegar Dària, como también luego por fin mi libro impreso Ancora fon ora-, tuve unas escuetas impresiones de él sobre mi obra en véneto, dentro de la que siempre me he sentido huérfano lingüística y literariamente.


      Sé que fue, además de hipocondriaco y depresivo, un hombre serenamente feliz, extasiado durante los 90 años de palabra, paisaje y poesía que quiso vivir. Eso me consuela. Aunque no se puede calmar tan fácilmente el inmenso dolor que ocasionó con su muerte nonagenaria. Así lo expresó también Fernando Bandini, su amigo poeta y crítico, que ha prologado con tanta maestría algunos de los libros de Zanzotto: "me cuesta mucho trabajo hablar de él en pasado", fueron las palabras conmovidas de Bandini.


      Dejo aquí un link a la primera de mis tardes-noches de ermitaño vividas en Italia: la de Costesèle, en el bosque de Segusino, rodeado por todos lados de 'pustèrn' por fin conocidos y reales. Un pequeño video que grabé con mi laptop en ese domingo lluvioso y enlodado durante el que tuve que vestirme, como si el destino lo hubiera ordenado, con un toni -como le dicen en véneto al clásico overol azul- y calzar las tantas veces antes calzadas botas de goma. Ahí leí el poema Vecio parlar. Ahora lo he subido a youtube como un pequeño homenaje a su autor.


        Además, comparto el video del evento donde Giampiero Bucci y yo acabamos de presentar la obra de Zanzotto, a días de que tanto el volumen de poesía como el de prosa vean la luz.
       

         Tal vez sólo me quede decir lo que varios lectores anónimos han escrito en sitios de internet en estos días: Grazie, Andrea!! Ciao, Andrea!!

2 comentarios:

aguazero dijo...

Que alegria supone siempre encontrarse con la generosidad, manifestacion maxima de la inteligencia, y este es el caso leyendo por "casualidad" tus semblanzas de Zanzotto. Me entere de su exitencia tarde, pues fue su muerte la que lo puso vivo en estos dias.
Gracias por este texto magnifico, por la cantidad de claves vedaderas que das sobree su persona y sobre su poesia.
Un abrazo y salud,amigo.

Eduardo Montagner Anguiano dijo...

Muchas gracias por tus palabras... Pronto saldrán esos dos volúmenes de Vaso Roto ediciones que mencioné en el texto. Un abrazo también...