Acaso sea escupir al cielo calificar de ‘por completo autista’ al libro que hace cosa de un mes he podido ver por fin publicado, pero no se me ocurren muchos otros calificativos: es un libro extraño, literariamente quizás publicable sólo en las condiciones en que fue escrito y para el público al que está dirigido.
¿Por qué estoy escribiendo esto? Tal vez porque sé de antemano que en esta ocasión no habrá ninguna entrevista, por local que sea, por menor que sea, ningún artículo, tampoco reseñas, menos aún apariciones en radio o televisión para hacerle la difusión que sí tiene un libro cuando se publica en la lengua nacional, oficial o al menos estandarizada del país donde se ha nacido. No es que extrañe aquel mundo de la farándula literaria, pero sí se antoja un poco desierto el panorama cuando uno es, por azares del destino, el primero en escribir y publicar un libro en la lengua materna de determinado lugar.
El libro está escrito en la variante del véneto hablado en Chipilo, Puebla, desde 1882, pero además ha sido escrito recurriendo a la ortografía del castellano, con vistas a facilitar la lectoescritura en una comunidad del todo alfabetizada en la lengua nacional, pero ágrafa en su lengua étnica y cotidiana. Hubo publicaciones anteriores, pero prácticamente todas ellas grafizaban el véneto chipileño siguiendo ciertas pautas de escritura italianizante, lo que elitizaba todavía más el ejercicio de la lectura, correspondiendo tal situación muy bien a lo que tantos estudiosos encuentran en las comunidades que se debaten entre la cultura oral y la escrita: que el ejercicio de escribir y leer, que quienes detentan el poder de la escritura son ciertas jerarquías, en especial los sacerdotes y quienes están sospechosamente cerca de ellos. No una escritura al alcance de todos.
La propuesta de grafizar el véneto chipileño con la ortografía que todos los habitantes de Chipilo somos alfabetizados (la del castellano) surgió entre los años 2000 y 2001 desde las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP, en el Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica, y después se perfeccionó con la tesis de lincenciatura sobre la escritura en véneto chipileño que realicé junto con la ahora maestra en docencia Ana María González Hernández, y en pocas palabras se basa en lo que durante décadas ha sido considerado por los hablantes chipileños como un “error”: escribir su lengua materna recurriendo a lo que en la tesis decidimos llamar ‘escritura materna’. ¿Por qué diablos los chipileños deberían estudiar cómo se escribe el italiano nacional para poder escribir o leer la lengua con la que se comunican a diario sin verse obligados a estudiar el italiano? La respuesta acaso sería ‘por la fidelidad gráfica’, que es un concepto encontrado en el libro de Giorgio Cardona, “Antropología de la escritura”; muy bien, pero a eso yo sugeriría mejor la funcionalidad gráfica: es decir, cubrir al mayor número de hablantes de una lengua aprovechando la escritura que ya conocen, sobre todo si tomamos en cuenta que el véneto chipileño está, como toda lengua minoritaria (y el véneto es además en México lengua de inmigración), en peligro de desplazamiento lingüístico, y si reconocemos además que tampoco ninguno de los que abogan por la grafización italianizante está haciendo nada por alfabetizar a su gente.
Pero todo lo anterior, las discusiones sobre grafías para plasmar el véneto, y el ejercicio mismo de la lectoescritura, queda en lo que los lingüistas llaman ‘nivel subléxico’, es decir, lo que se desarrolla a duras penas, pero corre el riesgo de no trascender más allá de su posición “bajo tal o cual palabra”: cómo escribir un fonema, cómo no escribirlo, pero pocas veces se supera dicho nivel para llegar, por tanto, a la creación de textos y a su difusión entre los hablantes.
El libro que he publicado cabría definirlo en el rubro de ‘varia invención’, ya que acumula ocho relatos, doce textos poéticos y una novela, que es la que encabeza el volumen y la que hasta ahora, según he podido saber, es la que más está siendo leída por los chipileños. Se trata de una compilación de textos realizados durante ocho años, a partir de mi adquisición activa de la lengua chipileña, ya que antes me limitaba a ser lo que se conoce como un bilingüe pasivo: la escuché a diario hasta cumplidos los diecisiete años (luego ingresé a la universidad, deserté, volví a ingresar, y no fue cotidiana la escucha del véneto). En los textos escritos en esta lengua siempre he intentado respetar y a la vez transgredir la débil línea que divide la creación purista de la lengua y la costumbrista de los contenidos de la que se vuelve iconoclasta, porque entre la gente que habla el chipileño no son tantas las cosas que podrían ser transgredidas o renovadas lingüística y sobre todo literariamente, y, al mismo tiempo, el mero hecho de sentarse a escribir cualquier cosa en véneto es ya suficiente transgresión.
‘Ancora fon ora’ significa “todavía nos da tiempo”. Esa frase queda abierta, en un intento de que cada lector decida de qué aún nos da tiempo. Por supuesto, la primera interpretación es todavía nos da tiempo de mantener nuestra lengua y todo lo que ella implica, de ver un libro escrito íntegramente en véneto chipileño, de encontrar lectores, incluso de confiar en la futura aparición de nuevos escritores.
El libro, entonces, muestra el véneto desde su primera hasta su última página: incluso la hoja legal. Es por esto que he expresado a algunos amigos que me parece una ‘stranbaría’ (extravagancia) su existencia, pero se trata de algo que deseaba hacer desde mucho tiempo atrás, y además algo que con toda sinceridad creo que la cultura popular, étnica, que lleva más de un siglo de conservación oral en Chipilo ya merecía tener. De hecho, mi mayor deseo, como el de muchos escritores, es que el libro llegue a manos ni amigas ni enemigas, sino a manos que no tengan el menor motivo a favor ni en contra de su autor: imaginar que el libro está siendo leído por alguien que ni siquiera sabe quién soy, que ni me identifica por las calles, cosa no improbable si se toma en cuenta que no suelo salir demasiado de casa cuando estoy en mi pueblo, y que vivo largas temporadas fuera de ahí.
No tengo la menor idea de lo que signifique mi labor literaria en véneto chipileño si se la traduce al castellano o a cualquier otra lengua. Acaso ni siquiera me he detenido lo suficiente para intentar darme respuestas. Puede que mis escritos, una vez despojados de la lengua que los genera y soporta, no digan absolutamente nada nuevo a nadie. Es un riesgo que corre quien se mete a escribir mezclando, cuando no confundiendo, la literatura con la lingüística. Pero tampoco me preocupa ni interesa, al menos por el momento, ninguna traducción; menos aún la que algunos me piden que yo mismo haga.
El libro, en principio, reduce sus posibilidades de lectura a los meros chipileños y a los miembros de familias que han salido de Chipilo años atrás para continuar sus vidas en otros estados de la República Mexicana o en Estados Unidos: gente que comparte la misma variante y que son el público cautivo de la literatura que realizo cuando no escribo en castellano. Sin embargo, también puede ser comprendido por otros vénetos que, más que vocablos y expresiones, deberán sortear las dificultades de una ortografía que no es ni la italiana ni la portuguesa (dado que, después de Italia, es Brasil el país con mayor número de venetoparlantes), y los préstamos del castellano que he debido incluir como parte de la lengua que se habla a diario en la comunidad.
Mi principal interés por ahora es que el libro se difunda y que los chipileños, antes que nadie, tengan la posibilidad de saber lo que significa leer un libro escrito por completo en su lengua.
Hasta ahora la respuesta de los virtuales lectores ha sido, si se me permite el término, monumental: he sido el primer sorprendido no sólo por el número de libros que ya han sido comprados, sino sobre todo por las personas que he sabido que lo están leyendo. Se trata de muy diferentes formas de apropiarse del texto: todas ellas interesantes y diferentes. Pero quizás no es de la incumbencia del autor meterse en la intimidad del lector. Sabré cómo lo tomó la gente sólo si la gente desea que yo lo sepa.
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