La tiranía de la belleza
He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses.
Jorge Luis Borges, La escritura del Dios
Decir que hay imbéciles que obtienen consuelo con las bellas artes... Se figuran que los sonidos captados corren en ellos, dulces y nutritivos, y que sus padecimientos se convierten en música, como los del joven Werther; creen que la belleza se compadece de ellos. basuras.
Jean Paul Sartre, La náusea
1 de febrero
El secuestrador cerró de un portazo y el secuestrado rodó por encima de seis escalones. Su labio inferior empezó a sangrar al instante.
El secuestrador dijo, compadeciéndolo:
—Discúlpame... No era mi intención lastimarte, pero tú te me soltaste y no tuve tiempo de atraparte.
El secuestrado gruñó algo ininteligible. Estaba de bruces. Jadeaba. Se sentó. Los brazos, amarrados a la espalda, presentaban rasguños. Su ropa se llenó del polvo añoso que había en el suelo del lóbrego sótano.
Con extrema rapidez, el secuestrado dio unos rodillazos avanzando hacia el secuestrador, que era gordo, fofo y badulaque, y le imploró con actitud lacrimosa:
—¡Déjame...! ¡Déjame en paz! ¿Qué quieres? ¿Qué buscas...? Conmigo te equivocaste: yo no tengo dinero. Tú viste que estaba trabajando, y aparte soy estudiante. Y mi familia tampoco tiene dinero; no somos ricos. ¡Suéltame! ¡No me chingues así, por favor! ¿Qué ganas con perjudicarme, eh?
El secuestrador, sinceramente asombrado y conmovido, respondió:
—Yo no quiero perjudicarte. Es sólo que necesito algo y solamente puedo conseguirlo por este medio.
—¿Qué? —se apresuró a preguntar el secuestrado, dispuesto a todo.
—Necesito que me ayudes a adivinar el color de una Melodía que tengo en un disco y que no he podido disfrutar al máximo justo por no saber cuál es su color.
—¿Qué pendejadas...? —el secuestrado dejó inconclusa su pregunta. ¿Qué situación era aquélla en la que estaba metido?
El secuestrador se paseó delante del secuestrado. Iba a encender la luz, pues estaba todo en penumbras. El secuestrado sintió que esa claridad artificial, a esa hora del día (poco más de las doce de un viernes luminoso y prometedor) era ridícula y hería la vista.
El secuestrador se sintió invadido por una repentina alarma al notar que su secuestrado sólo tenía amarradas las manos y se abalanzó hacia él con el alma puesta en el puño que le golpeó el abdomen, no sin sentir una especie de remordimiento que se traslucía en su expresión.
Mientras el secuestrado —que había vuelto al piso— se retorcía de dolor, el secuestrador se dirigió hacia los escalones bajo los cuales se apiñaban unas cuantas cajas y de una de ellas sacó una soga con la que ató las piernas al gemebundo joven.
No era un secuestrador malvado: éste se comportaba con la culpable atención del sujeto que con el codo golpea a alguien en el autobús sin querer.
Anunció, como lo hubiera hecho un buen anfitrión:
—Espérame: te voy a traer la grabadora para que la escuches...
Otro portazo.
El secuestrado, inmovilizado de tal modo, miró alrededor: un sitio a rincones húmedo, a rincones seco, polvoso, era el escenario de su tragedia. Había algo parecido a vestigios de paja en el suelo.
El secuestrado pensó en su familia próxima a angustiarse; en su novia Leticia, que debía de estar acicalándose para verlo, como habían quedado, a la una; en el amigo de su papá (que le había dado oportunidad de trabajar medio tiempo) viendo el reloj, esperando entre molesto y preocupado; en la familia que telefonearía molesta por su pizza sin entregar y en la motocicleta de la que desconocía qué suerte había corrido, pues en el alboroto ni siquiera se había dado cuenta de lo que el gordo había hecho con ella. Pensó, en fin, en los proyectos que de repente habían sido zarandeados al vacío, quedando sin efecto ante su actual situación.
Pasaron algunos extensos minutos en los que el secuestrado miró la pared de adobe que tenía enfrente.
El secuestrador entró en ese momento al inhóspito lugar.
—Ya la traje —evidenció con una sonrisa que hizo temblar al secuestrado: decididamente trataba con un desquiciado. El secuestrador conectó el cable al enchufe que había a un lado de los escalones y, tras una pequeña pausa en que miró al desconcertado joven, le anunció con emocionada pomposidad:
—Óyela con atención: ésta es la Melodía...
Y la música empezó a oírse a los pocos segundos.
El secuestrador pareció entrar en una especie de trance al escucharla.
La música era monótona y evocaba, para el secuestrado —pero era casi mucho decir—, el fondo musical de alguna tenebrosa escena de película; parecía que no iba a cambiar nunca: era un perpetuo “uuu uuuu uuuuu”; el secuestrado no sabía nada de música —le fastidiaba escucharla, sobre todo la instrumental, y no se podía decir que tuviese buen oído—, pero decidió de pronto que debía de pertenecer, de alguna forma, al género de música electrónica: por lo menos no era lo que el chico, como tantos otros, consideraba “música clásica”, pero tampoco daba la impresión de ser algo comercial (su único, por así decirlo, contacto con la música “rara”, era un primo en enésimo grado que estudiaba violín y que tenía discos estrafalarios: todos lo consideraban el bicho raro de la familia).
Creyó prudente seguirle el juego al secuestrador; fingió reflexionar un momento, y al siguiente exclamó, pretendiendo simpática y atenta naturalidad:
—Yo pienso que es de color gris.
—¡Nooo! —aulló el secuestrador cortando la música como si quisiera protegerla de algo—. ¡Cómo puedes opinar que es de color gris! ¡Eso no es posible! —lo miraba con expresión colérica.
El secuestrado, oliendo que aquello iría para largo, exteriorizó:
—Bueno, pues ésa es mi opinión. Cada quien tiene derecho a pensar diferente, ¿no?
Esa maldita costumbre, contraída en la escuela, de creer que en verdad alguien tiene derecho a opinar diferente sin molestar al de junto le costó cara aquí.
—¡Pues no! ¡Aquí no se trata de lo que tú opines, sino de lo que es...! La Melodía no, no, ¡no es gris! —se le desorbitaban los ojos al secuestrador—. ¡Y tú no te irás de aquí hasta que me adivines de qué color es!
Terriblemente anunciado lo cual, cortó la música y salió dando un portazo.
El secuestrado, que yacía sobre su costado izquierdo, no pudo contenerse más y comenzó a llorar. Lloró como no lo había hecho desde años atrás.
Habrían pasado unos tres minutos cuando el secuestrador entró otra vez.
—A ver si ahora sí das.
Puso de nuevo la música, que sonó monótona, húmeda, lúgubre, como de un purgatorio más del infierno que del paraíso.
—¡Es roja! —gritó desesperado el joven secuestrado.
—¡No, no, no y mil veces nooo! —chillaba el secuestrador—. Ahora no me va a quedar más remedio que dejar que la Melodía se repita y se repita hasta que tú pienses de verdad, concentrándote para ello, de qué color es y me lo digas, pero sin e-qui-vo-ca-cio-nes —recalcó payasamente, tras lo cual programó la grabadora para que la música se repitiera sin fin y salió.
El joven secuestrado empezó a sentir que su situación era grave. ¿Cuándo podría salir de ahí? ¿Saldría sano y salvo? ¿Saldría? ¿Qué harían sus padres cuando el tipo les pidiera el rescate? ¿Pero era verdad todo esto? ¿No era posible que fuera la broma pesada de alguno de sus amigos...?
La música se desarrollaba sin grandes variaciones, durando alrededor de media hora.
La angustia se concretó allá en las entrañas del muchacho y quiso salir siguiendo la ruta de un eructo, pero fue ahogada con habilidad. El secuestrado suspiró. Estaba atado de pies y manos: tal vez sería fácil liberarse si actuaba con sagacidad y paciencia. Buscó dentro de sí su aplomo y comenzó a esperar.
También cabía la posibilidad de atinar de qué color era la música que ya estaba harto de escuchar y así salir del atolladero sin grandes dificultades. Sacudió la cabeza: ¿qué le pasaba?, ¿empezaba a tomarse en serio los disparates de ese gordo? ¡Carajo! Él, con tantas cosas por hacer: su trabajo (¡se iban a robar la moto!, ¿qué justificación daría?); su novia (debía de estarlo esperando ya); la escuela (¡los trabajos pendientes...!, se atrasaría: él, tan buen estudiante).
Se imaginó saliendo de ahí, de pie frente a la gente explicando cómo un maniático lo había raptado para que le adivinara el color de una música, y no supo si la escena le pareció chusca, patética o vergonzosa.
El secuestrador abrió la ruidosa puerta y bajó los seis escalones. “Le diré que es morada”, pensó el secuestrado. El secuestrador vestía pants azul marino y tenía el aire del que acaba de darse un hartazgo en la mesa.
Se acercó y preguntó:
—¿Y bien? ¿Qué? ¿Ya pensaste? —su expresión facial evocaba la de un menso que salía tiempo atrás en la televisión.
—Ya —respondió sin muchas esperanzas el secuestrado—. Pero antes dime qué hora es.
El gordo miró el reloj de pulsera.
—Las seis treinta y siete.
El secuestrado se sobresaltó.
—¿Tan tarde? —preguntó mirando hacia delante con ojos pensativos.
—¿No me crees? —preguntó el gordo, acercándole el reloj para que lo comprobara por sí mismo—. Ya dime de qué color es —insistió con voz de fritangas bajo esos lentes de miope tan irritantes y con los brazos colgándole como si estorbaran el espacio vital de su estómago.
—Es morada —aventuró el secuestrado, olvidando por poco el color preparado.
El secuestrador soltó una risita socarrona que ameritaba haberlo dejado sin un diente sano. Miró al suelo removiendo con su zapato tenis el polvo antes de decir:
—Por lo visto ya te gustó estar aquí dentro. Concéntrate. Debes pensar...
—¡Ya, carajo! —estalló el secuestrado—. ¡Pinche gordo de mierda! ¡Déjame salir! ¡No sé de qué color es tu música ni lo voy a adivinar nunca! ¡Estás loco, loco! —y soltó otra vez el llanto. El gordo lo miraba como no comprendiendo el arranque. Lo corrigió:
—No es música: es Melodía.
—¿Es lila? —preguntó desesperado el secuestrado. El gordo hizo un gesto negativo—. ¿Es beige? —Igual—. ¿Rosa? ¿Verde? ¡Negra! ¡Anaranjada! ¿Azul cielo? —Tampoco—. ¡Azul marino como tu ropa! —Nada... El secuestrado respiró. Se sentó sobre el suelo en el que había permanecido todo el tiempo acostado. Persistió: —¿Café? ¿Blanca? ¡Amarilla! ¡Roja! —aquí el gordo desorbitó los ojos de espanto y chilló:
—¿Cómo puedes decir que es roja si hace rato apenas te dije que no? ¡He ahí la muestra de que no estás poniendo el más pendejo esfuerzo por acertar!
—Bueno, es que... —balbuceó el secuestrado como si hubiera incurrido en una gravísima falta.
—¡Es que nada! —el gordo no le quitaba la incisiva mirada de encima—. Piensa bien las cosas. Vuelvo dentro de algún rato con algo para que comas.
—Oye... —llamó el secuestrado mirando con ojos nuevos al secuestrador—. Ya, en buen plan, amigo: no juegues conmigo. Déjame salir... —le puso a estas palabras el sentimiento que no había puesto en años a una frase.
—No sin que antes me hayas dicho el color —replicó el secuestrador hablando con el tono del que alude algo muy importante—. ¿Qué prefieres: fruta, cereales, carne, huevos...?
La pregunta culinaria sonó hueca, como fuera de lugar, como llovida por una pequeña nube gruñona, obstinada en medio de un amplio cielo azul.
—Quiero orinar —hizo saber el muchacho, acostándose boca arriba de un golpe en el suelo otra vez, ya sin esperanzas de salir ese día.
El gordo se fue.
Durante todo lo hablado la música no había dejado de sonar. El secuestrado creía volverse loco al oír tantas veces la misma cosa.
Varios minutos pasaron antes de que el secuestrador entrara con un plato de arroz blanco, un plátano y un vaso de leche fría.
Puso todo en el suelo, lejos del secuestrado, volviendo a salir.
A los tres minutos entró con dos cuerdas más gruesas y con una bacinica, sin dedicarle al chico una mirada siquiera. Se dirigió hacia el secuestrado y lo arrastró hasta una columna que había cerca de un rincón. El secuestrado se sorprendió de no haberla visto antes.
El gordo ató con brutalidad las manos del secuestrado a la columna y le quitó zapatos, pantalones y calzones, ante el mutismo atónito del joven que seguía boca arriba la secuencia de la escena. Quedó vestido sólo con la camisa que usaba como uniforme en el trabajo y con sus calcetines azul oscuro. Sintió el suelo áspero y helado al contacto con su piel desnuda.
—Para que no me salgas con que quieres que te abra la bragueta —dijo el gordo. Luego, con extraña diligencia, le ató los pies a la misma columna, dejándole libres las manos—. Para que comas y orines —aclaró.
El estilo que tenía el secuestrador para atar era desordenado pero efectivo. Sería muy poco probable que, estando atado de pies y manos, el secuestrado pudiera escapar.
El muchacho se precipitó a orinar —se puso de rodillas con algo de dificultad— dentro de la bacinica de plástico azul.
Luego el secuestrador le ofreció los alimentos y el secuestrado los aceptó voraz, bajo la mirada implacable y vigilante del gordo.
La música seguía sonando desde el rincón opuesto. Ya ni parecía música, sino algo que se había arrogado los atributos del silencio casi; ya no era esa cosa fastidiosa, sino algo a lo que el oído se había acostumbrado igual que lo hacen los ojos ante la oscuridad.
Habiendo terminado de cenar, el secuestrador volvió a atar las manos al secuestrado —esta vez ya no a la columna, sino entre sí— y cuando iba a salir, el secuestrado le preguntó:
—¿Ya avisaste a mi casa? ¿Cuánto piensas pedir?
—¿Pedir de qué? —preguntó desorbitando los ojos el gordo.
—¡Pues de rescate! ¿De qué será? ¿O para qué me secuestraste? ¿Crees que me voy a tragar ese cuento de la puta música del color perdido?
—¡Cómo puedes creer que todo esto es por dinero!
—¿Entonces? —el secuestrado ladeó la cabeza, temeroso.
—¡Pues ya te dije! Necesito a alguien que, con mucha paciencia, oiga con concentrada atención esa Melodía para que me diga de qué color es.
—¿Entonces es verdad? —había un frío temor sin horizontes ni cielos despejados en el tono que acompañó a esta pregunta.
—¡Claro! ¿Quién lo duda?
El gordo salió anunciando que volvería dentro de poco, mientras la cara del secuestrado se llenaba de un mohín de mayor inquietud.
El secuestrador volvió con dos cobijas, dos sábanas y una almohada y dispuso todo de manera que el joven pudiera pasar la noche lo más descansadamente posible.
Habiendo apagado la luz —mas no la grabadora— informó que ya eran las doce y cuatro minutos y antes de cerrar la puerta recomendó:
—Deberías aprovechar la noche no sólo para dormir, sino más bien para buscar en tu mente el color de la Melodía. Por eso te la voy a dejar repitiéndose hasta mañana, si es que mañana lo has adivinado —y desapareció tras la ruidosa puerta.
El secuestrado sintió ganas de vomitar, pero nada se concretó. Poniéndose incómodamente boca abajo —los pies los tenía atados entre sí y además a la columna—, hundió la cabeza en la almohada y, por tercera ocasión en ese día inesperado, se dedicó a llorar.
La música empezaba otra vez.
Cuánta falta le hacía ahora el bicho raro: su primo, con quien, a lo sumo, habrá intercambiado una docena de frases triviales, jamás relativas a la música.
2 de febrero
Al despertar el secuestrado de una pésima noche en la que los ratones no habían dejado de merodear al compás de sus latidos irregulares, insomnes y sonoros a oquedad, en un primer momento en el que todavía no había abierto los ojos, se creyó, a pesar de la incomodidad del suelo en el que estaba acostado, en su casa y en su cama.
Después se le vino encima la verdad como un alud insoportable al distinguir que la música estaba ahí, adueñándose sin cesar del silencio.
Abrió los ojos y la realidad representada por el lugar donde se encontraba —fragmento oscuro y dicaz de una seguramente clara y apacible mañana— lo cercó arañándolo con un cinismo inmisericorde. Un helado vacío de impotencia lo orilló a concebir la desaliñada esperanza de salir con prontitud de ese encierro involuntario.
Esperó, esperó inmóvil y con los ojos cerrados confiando en que algo viniera y conjurara esa realidad.
Entonces, un ruido irritante, que hacía imaginar los fierros retorcidos entre los que moría prensado algún accidentado, anunció la llegada de su secuestrador.
El secuestrado había olvidado un poco las facciones y la complexión del sujeto: se llenó de un súbito temor, pero al verlo, al ver que más que secuestrador parecía el integrante del elenco de esos programas cómicos donde nunca falta un gordo cachetón, el temor se volvió impaciencia: impaciencia de encontrarse secuestrado (él, siempre ágil, delgado pero fuerte, alumno de una escuela de karate por un tiempo y no mal parecido) por un individuo tan alejado de lo que un secuestrador debería inspirar.
—¿Y bien? —preguntó el gordo, no bien había bajado los escalones—. ¿De qué color es?
—Invisible —respondió el joven—. No se ve: yo cuando menos no la veo.
—Estás medio dormido. Sólo así se explica tu blasfemia —dijo encarándosele.
—¿Qué hora es?
—Las siete y media.
—¿Hoy sí me vas a dejar ir? —inquirió con voz hostil.
—¿Me vas a decir de qué color es?
—¡Con una chingada! ¡Ya no te soporto ni a ti, ni a este pendejo lugar! —tronó.
—¡Caramba! ¿Y con esa boquita comes...? —hizo gesto de haber recordado algo—. Hablando de comer, espérame: te voy a traer tu desayuno.
Y salió dando un fuerte portazo.
Al poco rato llegó con un plato de huevos revueltos con frijoles, una torta, un yoghurt, una caja de cereales, un vaso de leche y una manzana.
Le desató las manos. Todo lo comió el secuestrado deseando por un momento que algo de lo que el secuestrador le ofrecía contuviera veneno. Sin embargo, terminó más que satisfecho.
Sacudió las migajas de pan que habían caído a la cobija que lo cubría.
El secuestrador le dijo:
—Todo depende de ti. De lo rápido que encuentres el color. De lo contrario, vas a pasar aquí encerrado un buen tiempo, ¿eh?
—¿Cuánto pediste? —preguntó el secuestrado aferrándose a tan escuálida esperanza.
—¿Qué? —el secuestrador no podía creer estar escuchando por segunda vez la pregunta. Lamentó que el universo mental del joven no oteara más horizontes que los de un delito parido por el afán de conseguir dinero.
—Sí, que cuánto pediste de rescate —repitió molesto.
—No me hagas reír —respondió muy serio el secuestrador—. O peor aún: no me ofendas. ¿Crees que te secuestré para pedir dinero? ¿Qué dinero va a darme la familia de un jovencito que trabaja repartiendo pizzas o no sé qué cosas?
—No soy rico, pero tampoco creas que trabajo por necesidad —aclaró—. Nunca me ha gustado pasarme los días sin hacer nada. Además es bueno tener siempre tu propio dinero, aunque no sea mucho. El dueño del negocio es amigo de mi papá, me da chance de trabajar medio tiempo y no me paga mal...
Con su explicación anhelaba mover alguna fibra sensible que quizás se encontrara dentro de la obesidad apabullante del secuestrador, aunque también lo embargaba un presentimiento terrible al sorprenderse desplegando aquella locuacidad ante él.
—Ajá... —soltó con suavidad el secuestrador, luego de la pausa de su secuestrado, ante la que él se comportaba con una suerte de ávida expectación—. ¿Y qué más?
El secuestrado miró, por así decirlo, ante sí, como buscando el hilo discursivo en que parecía haberse de pronto convertido su vida.
—¿Y qué más...? Estudio bachillerato por las tardes, eso es todo —miró escudriñadoramente el rostro del gordo y preguntó maliciando algo—: Tú buscas algo, ¿verdad? ¿A quién quieres perjudicar con esto, aparte de a mí, eh? ¡Carajo!
El secuestrador miraba inmutable, casi como si soportara estoico la grosería recién pronunciada por aquel muchacho. Los ojos tensos del tipo —así lo interpretaba a medias y con bastante pasmo el secuestrado— parecían dar cuenta de que íntimamente asumía ese tipo de exabruptos verbales como consecuencia natural del acto reprensible de haberlo privado de su libertad.
—Te equivocas, amigo... —se limitó a decir, acaso temiendo una nueva andanada de palabrotas.
El secuestrado se daba perfecta cuenta de que nunca antes había escrutado el rostro de ningún ser humano con tanta intensidad. A decir verdad eran muchas las cosas que apenas ahora comenzaba a entender. Recordó, mediante un pensamiento impertinente, los discursos anhelantes, repletos de inútil añoranza, de quienes han perdido alguna facultad física o un miembro de su cuerpo.
—No tendremos dinero —dijo con vehemencia, como zangoloteando así aquellos pensamientos que adquirían ahora dimensiones inauditas—, pero en este caso mi familia hará hasta lo imposible por sacarme de aquí, ¡no lo dudes ni un momento! —aseveró muy seguro, conmovido por los recuerdos que se le agolpaban en la atribulada cabeza.
—¡Sólo quiero que me digas el color! ¡Lo jurooo! ¿Por qué insistes? ¿Por qué no me crees? ¿No crees que pueda haber otros intereses por encima del dinero en este mundo? —exclamó exasperado el gordo, conteniéndose de desorbitar los ojos esta vez. Más sosegado, agregó—: Hay personas que perseguimos otra clase de objetivos —luego, volviendo a su realidad—. Entonces, ¿todavía no sabes el color?
—No.
El secuestrado perdía de vista cada vez más la luminosidad de la salida.
—Siendo así, me voy. Regreso a la hora de comer para traerte tus alimentos y averiguar si ya diste con él —le ató las manos y se dispuso a salir.
—¡Hey! —llamó el secuestrado.
—¿Qué? —preguntó el gordo, volviendo la mirada.
—Quita la música, por favor, ¿no? Ya me cansó.
—¡Imposible! Si no la oyes continuamente nunca vas a adivinar.
Alrededor de las dos, el secuestrador entró con la comida, sacó el contenido de la bacinica y preguntó el color, sin obtener resultado.
—No; no es ni dorada ni plateada ni cobriza.
Le volvió a desatar las manos. El secuestrado comió con gran apetito.
Finalizada la comida, las manos fueron atadas otra vez y el gordo insistió en la pregunta relativa al color.
—No; no es verde olivo: ¡y mucho menos color crema!
A la noche trajo la cena y repitió el proceso anterior. Cuando iba a preguntar por el color, se le adelantó el secuestrado, exigiendo con desesperación:
—¡Hey! ¡Haz algo conmigo: mátame, pide dinero, avisa a alguien, tortúrame! ¿O va a ser lo mismo cada día hasta que se te ocurra decir que sí he acertado con el baboso color?
—¡No blasfemes!
Las piernas del secuestrado se tensaban, se le contaban los huesos a las costillas de su terrible angustia. Parecía que fuera a reventar de un momento a otro.
—¡Qué blasfemia ni qué tu madre!
El gordo se escandalizó. Moderándose, recomendó:
—Debes rezar. ¿Lo has hecho? ¿Has rezado?
—No sé rezar. Me aburre hacerlo. Ya se me olvidó, además —explicó el secuestrado con voz fatigada—. Un día le pedí algo a Dios y no me lo cumplió. Desde entonces dejé de rezar.
—¿Qué le pediste?
—Que existiera.
—¡Blasfemo! ¡Mil veces blasfemo! —gritaba el gordinflón, como si estuviera frente al diablo. El secuestrado se echó a reír.
Cuando se percató de que el secuestrador se dirigía a apagar la luz, le suplicó:
—Óyeme, por favor, no te vayas sin haber detenido ya esa música.
—No es música: es Melodía. Y no la apago por lo que ya te dije. La oirás hasta que me digas el color —terminó con tono categórico.
Apagó la luz y salió.
La música-Melodía iba a la mitad.
3 de febrero
Es un sótano amplio: más o menos de diez por diez abominables metros. Su silencio es una incógnita porque la música siempre está ocupando su lugar.
Las ratas que salen de entre las seis cajas que hay bajo los escalones de la entrada hacen acto de presencia a cualquier hora del día, pero sobre todo por la noche, cuando la luz está apagada. Exploran el lugar e inevitablemente llegan hasta donde él está porque intuyen que ahí hay o hubo comida. Recogen las migajas del pan o los pedacitos de comida que sin advertirlo han caído al suelo.
«Si uno no está haciendo constante ruido —hablando o de cualquier otro modo—, un roedor de ésos podría subir al cuerpo otra vez. Hay telarañas también en todos los rincones. Ahora hay una araña negra, repugnante, allá entre la pared y el techo. La posición menos incómoda y más sencilla para dejar de mirar todas estas cosas es la fetal, con la cobija hasta el cuello o de plano cubriendo el rostro o de bruces, en el intento de exprimirse a uno mismo aunque los ojos ya no sean más que un doloroso desierto. Hay una caja de servilletas, tres de huevo, una de detergente y otra que no se distingue muy bien, pero que parece ser la caja en donde venía contenida una grabadora. Todas han de estar vacías del contenido que anuncian por fuera.
Ahí va la música otra vez. Dice que tampoco es amarillo canario, ni verde lima...».
4 de febrero
A los días se los atraganta el tiempo con cínica apacibilidad.
El secuestrado puede quejarse de muchas cosas, pero no de la puntual y exquisita comida. Se pregunta si el gordo tendrá tan buen sazón o si habrá alguien más —en la casa o fuera de ella— que prepare los alimentos.
Hoy, por ejemplo, el desayuno consistió en unos huevos con tocino, una fuente suculenta de ensalada, un jugo de naranja y un flan.
“Debes alimentarte adecuadamente a fin de que tu perspicacia no decaiga y, por el contrario, aumente a la hora de intentar adivinar”, decía con obsesiva frecuencia el gordo.
La comida estuvo integrada por un plato de arroz rojo con granos de elote, un bistec de res asado, una coca-cola de litro y medio y, como postre, dos gelatinas, una de uva y otra de fresa. La cena, por último, consistió como casi siempre en un vaso de leche —esta vez tibia y con un pan—, un plátano y un plato de arroz blanco. Sí, en definitiva, de la comida no se podía quejar.
Por otro lado, el servicio sanitario —por así llamarle— era aceptable, aunque en ocasiones vergonzoso. Pese a encontrarse en permanente desnudez de la cintura hacia abajo —aunque la mayor parte del tiempo se cubriera con una cobija o una sábana—, el secuestrado sentía escrúpulos cuando el gordo llegaba y echaba una mirada con el rabillo del ojo hacia la bacinica repleta (aunque a veces el secuestrado más bien pensaba: “Buen provecho, cabrón”). Había a la mano abundante papel higiénico, aunque, a decir verdad, en los últimos días el secuestrado había perdido un poco sus afanes de pulcritud y casi no lo usaba para nada. Incluso parecía que la nariz quedaba más limpia sin el uso del papel. Y, después de sus necesidades corporales, sólo tenía que volver a acostarse para seguir descansando a fin de cavilar sobre el misterioso color musical.
8 de febrero
Un día le pidió al secuestrador algo para leer.
—Algo entretenido..., algo como Julio Verne o José Agustín... Aunque sea sólo una revista cualquiera, por favor.
—Pero, ¿los conoces? —los ojos del gordo eran insultantes.
—¡Claro! —contestó digno el pizzerito—. Los he leído desde chico, o ¿qué creías, que era analfabeto?
—Pues es que... —el gordo no supo qué decir.
—Déjame leer algo, por favor. ¡Mitiga siquiera con eso este puto encierro!
—¡Imposible! Si te dejo con las manos libres, escaparías o cuando menos intentarías hacerlo.
—Te juro que no. Incluso podría leer con las manos atadas: pasaría las hojas con la nariz o con la barbilla.
—¡Imposible! La lectura es un escape, aunque no sea físico. No puedes salir de aquí ni a través de la literatura. Perjudicaría nuestros planes... Tú tienes que mantener toda tu concentración en la Melodía.
—Música, ¿entiendes?, ¡mmmúsica!
—Melodía.
—No puede ser Melodía esa cosa tan desquiciante —opinó el secuestrado.
—Óyela. Oye cómo deja salir sus notas ingrávidas, vírgenes, vulnerables al mundo que habitamos —de pronto se detuvo en una rápida reflexión—. Sí: Melodía. Para mí lo es —concluyó tajante el gordinflón.
16 de febrero
Otro día, el secuestrado ideó un plan para intentar el escape.
Le pidió al gordo:
—Quisiera tomar un baño, estoy puerquísimo...
El muchacho miraba hacia otra parte. Pensaba que, al salir del sótano hacia el baño, además de ver por fin algo novedoso a los ojos —y de dejar de escuchar la música al menos durante unos instantes—, quizá hubiera la oportunidad de tomar las de Villadiego.
Sin embargo, cuando vio entrar al gordo con una gran bañera de plástico amarillo y unas cubetas de agua tibia, le dijo:
—Llévatelas... Ya no me quiero bañar.
6 de abril
Universo sonoro, densidad sonora, partitura, sonoridad, timbre, armonía, melodía, sonata, música intuitiva, música pura, coloratura: ¿color?, ¿dónde demonios había oído, sin prestar ninguna atención, todos esos términos que poco a poco, tras la inmovilidad y las cavilaciones, parecían irle aflorando?
¿En verdad alguna vez había oído que alguien dijera algo del color de una música, incluso de su textura? ¿Había oído o leído, como de paso, alguna vez en su vida, el término “lienzo acústico” o era su imaginación enfebrecida la que ahora lo llevaba a crearse esas angustiantes reminiscencias?
La ansiedad empeoraba al aparecérsele el supuesto recuerdo de haber oído o leído algo sobre escuchas activos, exploradores, palabras que ahora daban la impresión de apuntarle como flechas, lo de los “fragmentos sensoriales de descubrimiento personal” y, peor aún —porque le parecía estar viendo, cuando cerraba los ojos tenso y atolondrado, las grafías incluso en inglés—, aquello de que “one might need an aural microscope to detect within these lustrous surfaces”.
¿Dónde, si en efecto lo hizo, leyó aquella línea que de repente parecía estar escrita en su lengua materna? ¿En casa de su primo en enésimo grado, el bicho raro?
También le vino a la mente, con una nitidez espeluznante —eran muchas cosas en apariencia antes nimias las que ahora se le presentaban con desnudadora claridad—, un fragmento de novela, aunque ya no lograra traer a su memoria el nombre del autor ni el título.
Era como si viera sus caracteres colgando del aire.
¿Qué tienen esos momentos intemporales que luego siempre se recuerdan con una dulce melancolía? A veces me parece que es en esos intervalos de vacío, sin que fuera consciente de ello, cuando he vivido de manera más real y auténtica.
¿Por qué no era capaz de acordarse del autor y del título del libro y sí en cambio veía esas líneas como si estuviera leyéndolas?
¿Acaso algún día, cuando lograra salir de este encierro, recordaría con dulce melancolía alguna cosa del sótano, algo de lo que no era consciente por ahora?
Y si no conseguía salir jamás, ¿qué iba a recordar?, ¿cuáles serían esos intervalos de vacío vividos de manera real y auténtica?
30 de abril
Entretanto las voces se oían, palabra por palabra, como goteras en una noche sin lluvia.
—Me gustaría que fuéramos amigos —manifestó en un arranque el pizzerito.
—¿Para qué? —quiso saber el gordo.
—Pues para contarnos cosas.
—Podemos contarnos cosas aunque no seamos amigos.
—O podemos ser amigos aunque no nos contemos cosas. De todo hay en este pinche mundo.
—No. No tendría caso —decidió el gordo.
—¿Por qué? —ladeó la cabeza el joven.
—Porque si fuéramos amigos o si nos contáramos cosas aun sin serlo, tú tal vez te pasarías de listo algún día y, como si tal cosa, para que yo no lo notara, podrías preguntarme de qué color es la Melodía y yo, ¿quién sabe?, a lo mejor te lo diría.
—¿Y qué?
—Pues que así ya no tendría objeto.
—¿Qué no tendría objeto? —parecía niñito formulando preguntas a su padre.
—Pues ni la Melodía, ni su color, ni este secuestro, ni tú, ni yo, ni siquiera este sótano.
—Pero, ¿es que tú sabes de qué color es? —el secuestrado estaba a punto de enfurecerse en serio.
—No. ¡Bueno, sí! A veces sí. Pero la mayor parte del tiempo no...
—Oye: pero el color vale sea como sea, ¿no?
—No. Sólo vale a partir de ti. Si tú no lo nombras un día, ese color permanecerá ahí, apresado entre los acordes de la Melodía cuando se despereza ocupando los brazos del aire... O no: mejor las celdas: las celdas del aire...
—Ajá...
—Oye...
—¿Qué?
—¿Te digo algo...?
—¿Aunque no seamos amigos?
—Sí. No importa. Aunque me da vergüenza...
—¿Qué cosa?
—Que creo que la verdad es que ni yo sé de qué color es la Melodía.
—Aaah...
13 de mayo
Estando en semejante situación, la vida se vuelve otra cosa.
Se pierde la vida sin llegar a morir.
Cada gesto, cada respiración, cada pensamiento es como un girasol que se orienta sólo ante el astro de su propio desenlace o ante el desconocimiento ansioso del mismo.
De buenas a primeras, toda la vida está llena de fisuras; los planes y las ilusiones detenidas, secas, pulverizadas; los temores y todo lo que antes era un problema, irrisoriamente anulados; todo está supeditado a lo horrible, y de tan horrible pierde su misma esencia y termina siendo un jirón de sentimiento, la piltrafa de lo espantoso, y es entonces cuando ya nada importa porque todo se ha acartonado.
La propia vida yace, a los ojos de quien la vive, como un arácnido muerto por insecticida: con las patas hacia arriba, muerta toda actividad normal, convulsa, retorcida, lista para que el polvo llegue.
6 de junio
—¿No te da vergüenza, amigo?
—Hace tiempo que lo hago. Es más, lo he hecho siempre.
—Y ni siquiera usas papel higiénico.
—¿Para qué? Basta con que se seque.
—¿Por eso tienes así la piel?
—¿Cómo?
—Pues así: como estirada, como tensa. Y los vellos del abdomen apelmazados.
—Tal vez.
—¿Y en quién piensas cuando lo haces?
—En mi novia o en otras. A veces en nada.
—¿Hiciste algo alguna vez con ella?
—Íbamos a hacerlo pronto.
—¿Ya no piensas hacerlo?
—Tal vez no.
—¿Por qué?
—No sé.
(—preguntó, —respondió, —dijo, —añadió, —confesó, —quiso saber, —hizo saber, —concluyó, —remató.)
Cualquier día de agosto
El secuestrado ha conseguido, tras un paciente y arduo esfuerzo, desatar sus pies. Hace tiempo que el secuestrador estimó inofensivo el hecho de desatarle las manos al secuestrado, pues éste ya no se mostraba muy vehemente en eso de querer escapar.
Ahora éste camina con ligera torpeza —como si se le hibiera olvidado la manera de hacerlo— hacia la puerta. Siente los tobillos llagados y las manos, enrojecidas, le duelen por la fricción frenética que le produjo la cuerda al estar desatándosela.
Ni siquiera se acuerda de que está desnudo de la cintura hacia abajo y que, si consigue huir, saldrá a la calle llamando de inmediato la atención.
Pero eso no le importa a la conciencia ahora.
Intenta abrir, pero la puerta no cede. No se había fijado en que el gordo la abría con llave. La puerta hace un ruido infernal: ¡tas tas cuas tas tas cuas!
Teme que el gordo haya oído algo y se le ocurre esconderse bajo los escalones, entre las seis cajas.
Estando ahí nota consternado que no son seis, sino siete, y una sensación deplorable sobre sí mismo lo embarga porque cree asistir al espectáculo de su propia degeneración sensitiva.
Tres ratas han salido despavoridas de entre las cajas y se han metido quién sabe dónde.
Ahí abajo espera por horas. Recuerda que aquello que se siente encima de la piel no es el silencio, sino una música electrónica que le usurpó a éste sus funciones. Sin embargo, tal conocimiento le llega a través de la memoria y no por el oído.
Una rata quiso volver a sus cajas, pero al hacer el secuestrado un movimiento, huyó despavorida por segunda vez.
La puerta suena: el secuestrador entra. El secuestrado oye dos pasos descendentes sobre los escalones bajo los que está oculto y percibe titubeo en los pies del gordo. Es la primera vez que el secuestrado siente el corazón vandalizando sus orejas.
Con increíble agilidad, el secuestrado trepa a los escalones por el lado izquierdo mientras el secuestrador se agacha para mirar por el lado derecho: el secuestrado empuja al gordo con furia y éste cae lanzando un brutal berrido. El secuestrado alcanza a verlo en el momento de golpear el suelo casi gelatinosamente. El secuestrado corre hacia hacia la puerta que está entreabierta, pero resbala en el intento y su rodilla derecha paga caro el error. El dolor es instantáneo e intenso, y en lo que el secuestrado termina de caer lanzando un lastimero ¡aagh!, el gordo ya le ha puesto la crispada mano en el cabello y lo encañona con un estúpido —pero muy real— revólver de gatillo ansioso.
—¿Qué? ¿Creías que no había tomado ninguna precaución, estúpido?
El secuestrador, ahora sí furioso y desconsiderado, arroja al joven al suelo como cuando llegaron allá por febrero y lo patea hasta que, rodando sobre sí mismo, el secuestrado se acerca a la cuerda que lo mantendrá cautivo otra vez.
—Con que muy listo, ¿eh? ¡Imbécil! ¡Venía con la intención de negociar tu salida porque comprendí que eres muy inhábil para apresar arcanos desde el aire! Pero ahora... ¡Ahora te quedarás aquí por más tiempo! Tal vez fue un aviso. Debemos tener paciencia ambos —trató de serenarse—. Confío en que lo conseguirás. Sabremos algún día, por fin, el secreto del color de esa Melodía —monologaba al atar nuevamente al secuestrado, que se retorcía de dolor.
—Es posible que te hayas fracturado. Si no te mueves, no te mueres, amigo.
Cuando salió el secuestrador —todavía monologando entre bufidos de espanto y de cólera mal contenida— el secuestrado prefirió no detenerse mucho en la pregunta de si su tan acariciado plan de fuga había sido o no un grave error.
Cualquier día de cualquier mes
—Ya no soporto esto. ¡Déjame salir ya! —rogó el cautivo.
—No te quejes tanto. Después de todo no te ha ido tan mal como a otros secuestrados. ¡Por cierto! Te tengo un chiste —juntó las manos con estereotipado gesto malévolo y se pasó la lengua por el labio superior—: ¿Cuál crees que es el colmo de un secuestrado?
—No sé.
—¡Que, aparte de secuestrado, fuera secastrado! ¡Ji, ji, ji! ¡Ji, ji, ji...! ¿Qué...? —el gordo se detuvo en seco al sorprender la mirada ausente del absurdo prisionero.
—El tiempo me preocupa.
—El tiempo no debe interesarle a uno como tú, a uno en tu situación: a un secastrado... —y volvió a echar sus seis estúpidos “ji!”.
—A mí me preocupa.
—El tiempo se hunde en el agujero de la inconsciencia cuando se está encerrado como tú.
—No. Te equivocas como siempre. El tiempo, para un secuestrado, se vuelve algo vivo... Se siente incluso su respiración. Se oyen las palabras que te dice al oído y muchas veces no te sugiere las cosas más sensatas.
—¡Tú no le hagas caso! Oye la Melodía, mejor. ¿Sabes ya de qué color es?
—Ni idea...
Otro día de otro mes
El secuestrado se dio cuenta por primera vez de que al secuestrador no le importaba mucho el hecho de gastar luz manteniendo todo el tiempo encendida la grabadora.
Un día el disco compacto empezó a fallar: la música se interrumpía a intervalos breves y molestos a profundidad, hasta que se detuvo del todo. El secuestrador, que estaba presente, desorbitó los ojos y empezó a ir de aquí para allá, consternado; el secuestrado se tapó los oídos con las manos porque no podía soportar ya los ululatos del silencio; incluso inició una serie de movimientos convulsivos casi más cómicos que aterradores.
El secuestrador sacó alarmado el disco compacto, lo revisó, lo volvió a poner, pero no funcionó. Presa del pánico, se precipitó fuera del sótano, volviendo con algodón y alcohol; limpió el disco con premura y lo probó otra vez. Se oía de manera intermitente. Si cabe, desorbitó más los ojos y corrió fuera del sótano, regresando al instante con una grabadora más grande y costosa.
—Aquí se terminan los problemas —vaticinó con gesto demiúrgico.
Y así fue. La música reinició con un matiz mesiánico esta vez. El secuestrado volvió en sí y las órbitas del secuestrador se reincorporaron a su función de contener los ojos ahora serenos.
—¿De qué color es? ¿De qué color? ¡Dilo ahora que la hemos recuperado! ¡Vamos, vamos! —vociferaba más emocionado e ilusionado que nunca el secuestrador, con el aspecto de esos señores que incitan entusiasmados al perrito al que se le ha dedicado tanto tiempo entrenándolo en una gracia de la que el entrenador será al final el único ovacionado o silbado de la concurrencia.
—¡Color turquesa! —exclamó en éxtasis el secuestrado.
—¡No, carajo! —estalló el secuestrador, visiblemente afectado, y terminó por salir del lugar.
Continúa el calendario
El secuestrado pasaba la mayor parte del día de bruces, en posición fetal o boca arriba. Sólo se sentaba para tomar los alimentos y se levantaba para satisfacer sus necesidades corporales.
Cuando respondía a la infaltable pregunta del secuestrador, es decir, cuando pronunciaba con voz apagada o entusiasta el nombre de algún color —dependía de su estado de ánimo, cada vez más opaco—, lo hacía sin modificar un ápice su posición.
A fuerza de meses y meses, el secuestrado iba agotando la galería de colores (azul rey, rosa mexicano, verde bandera, violeta. ¡Ya lo dijiste! ¡Perdón! Escarlata, carmesí, glauca, azabache, púrpura, pinta...!) y ya no sabía qué responder. Incluso mencionó nombres de colores que ni conocía bien: ¿Color sepia?, ¿añil?, ¿violácea, grisácea, coriácea? ¡Ese último no es color!
Tras largas y maduras reflexiones, optó —no sin temor— por sumergirse en ese mundo caótico, cual sistema de ideogramas, de los colores particulares de cada cosa.
Empezó a responder con el corazón latiendo taquicárdico por el pánico de adivinar.
—¡Es de tu color!
Tenía el gesto del que arroja una granada.
—¡Ja! ¿Estás loco o qué? —preguntó fríamente el gordo.
—¡Entonces del mío!
—¡Menos! —su tono era ahora del todo compasivo.
Luego siguió la enumeración del color de cada una de las cosas que había en el sótano.
—¿Color de la araña que está allá arriba?
—No.
—¿Color del ratón que amaneció muerto el otro día?
—No.
—¿Color de la letra “D” de la caja de detergente que ves ahí?
—Ni por asomo.
Después ingresó a ese cosmos de la coloración de las cosas que todo el mundo conoce. (¿O debía enunciar acaso la palabra “coloratura” por su relación semántica con la música? Pero no, porque ni siquiera conocía tal término y porque, digamos, significa más algo relacionado con el canto y no con la mera instrumentalidad de un tema sin virtuosismos vocales).
—¿Color de un atardecer?
—No.
—¿Color del vidrio de la puerta de entrada de un banco?
—¿De qué banco?
—De cualquier banco.
—No.
—¿Color de los labios de alguna mujer que te haya gustado y que nunca hayas besado?
—Tampoco.
Más hojarasca de calendario
Ese día sí iba a salir. ¡Pero cómo no se le había ocurrido antes! ¡Era para morirse de risa!
Esperaba ansioso que la puerta hiciera su característico fragor, que el gordo entrara y le preguntara el color con esa diligencia del que cría pollos o riega día a día una planta exótica.
Cuando el gordo soltó la pregunta como si fuera la primera vez que lo hacía, el secuestrado respondió emocionado:
—¡No tiene color!
El gordo se sobresaltó.
—¡Así de fácil! —continuó en trance el secuestrado—. ¡Porque la música sencillamente no tiene color, siendo un fenómeno auditivo! —parecía un conmovedor niño descubriendo el hilo negro. El secuestrador desorbitó los ojos como nunca antes lo había hecho y preguntó escandalizado:
—¿Pero cómo puedes blasfemar de ese modo? ¡Imbécil! ¡Molusco!
El secuestrado se encogió de vergüenza bajo las sábanas.
—En un mundo donde existe la teoría del caos —prosiguió con ojos flamígeros el gordo—, donde la gente nace y muere sin cesar, donde existen tiranos y samaritanos, donde coexisten la Coca-Cola y El Escorial, ¿no habrá lugar para que una melodía como esta Melodía tenga color? —estaba realmente conmovido; sentía lástima paternal por la pobre música a la que se le desconocía sin más el derecho de poseer color—. ¡Oye, oye! —exigió, señalando hacia la grabadora con el dedo índice, como presa de un hechizo—. Escucha todos y cada uno de los instrumentos que se conjugan en ella... Toda la gama de emociones que deben de haberla creado y el aura que emana de la preciosa Melodía... ¿Y te atreves a negarle el derecho a poseer un color? ¡Eres un tipo despreciable! —se dirigía hacia la puerta, ridículamente indignado.
—¡Hey, hey, heey! —llamó el secuestrado, herido, culpable, al borde de las lágrimas.
El gordo volvió la mirada.
—¡Entonces es de todos los colores que existen!
El gordo hizo una mueca parecida a la risa y salió dando un portazo.
Una vez
Aunque era alimentado satisfactoriamente, un hambre insólita empezó a aguijonear al secuestrado.
Se retorcía oprimiendo ambas manos contra su estómago y los quejidos salían solos, como tortuguitas dirigiéndose indefensas al mar.
La decisión de acercarse a la bacinica no solucionó nada: por el contrario, aumentaba la sensación de vacío.
Era un hambre rara: un hambre de todo menos de comida; un hambre de sombra, un hambre de luz; un hambre, en fin, que no provenía de las contracciones de los intestinos.
Otra vez
—¿Ése soy yo? —preguntó con el corazón helado.
—Sí.
—¡No! ¡Ése no soy yo! ¡Dios! ¡No, no soy yo, ése! —azotó la cabeza contra el suelo.
—¡No te hieras! —rogó conmovido el secuestrador, bajando la mano que sostenía el espejo.
—¡No soy yo, no soy yo! —suplicaba musitando con las manos a la cabeza, soltando el llanto, el secuestrado.
—Lo que pasa —explicó el gordo— es que no te has ni peinado ni rasurado desde que llegaste, que ha sido mucho tiempo e infructífero además —recriminó, aprovechando la circunstancia, al final.
Como pensando algo que le iluminaba el rostro, el secuestrado imploró:
—¡Quiero afeitarme! ¡Quiero peinarme!
—¿Bañarte también? —preguntó animado el secuestrador, levantándose.
—¡Sí, sí! ¡También!
El secuestrador salió, regresando al poco rato con bañera, cubetas, peine e implementos para la rasura.
—Déjame libre de ataduras —pidió desde muy adentro el secuestrado y era como si dijera: “Permite que me rescate a mí mismo sin ningún obstáculo”.
El secuestrador dudó. El secuestrado lo miró.
—No voy a intentar huir. No me interesa ya escapar. Sólo quiero asearme con entera libertad.
El secuestrador, lerdo y como babeante, liberó de ataduras al inquieto muchacho y éste se quitó camisa y calcetines precipitándose dentro de la bañera en la cual cabía a la perfección.
—Échame agua —pidió con la mirada al frente, perdido en la contemplación de la senda que lo conduciría hacia sí mismo.
El secuestrador vació cuatro cubetas de agua tibia en la bañera y le proporcionó jabón y estropajo al abstraído muchacho.
El secuestrado, como recordando con esfuerzo y torpeza un viejo ritual, empezó a frotarse el cuerpo con lentitud; sacaba la punta de un pie a la superficie del agua jabonosa al tallarse la pierna; cerraba los ojos con devoción al contacto del estropajo con su axila.
El secuestrador puso su mano en la frente del secuestrado y le echó hacia atrás la cabeza a fin de irle cortando el cabello con unas tijeras.
Todo se desarrolló en el absoluto silencio que la eterna música construía.
Después, el secuestrador echó desde los hombros del secuestrado —que se había puesto de pie dentro de la bañera— una última cubetada de agua tibia para enjuagarlo.
El secuestrado puso un pie fuera de la bañera pisando una toalla que el secuestrador había colocado en el suelo y recibió una más, a la altura de los hombros.
Una vez seco, se afeitó con movimientos cuidadosos mientras el secuestrador sostenía el espejo.
Cuando terminó, el secuestrado —sin camisa ni calcetines ahora— pidió ser atado otra vez.
Después de obedecer, el secuestrador, considerando al secuestrado con una mirada oblicua, ofreció:
—Si quieres puedo lavar la ropa que te has quitado y las cobijas y sábanas en las que has dormido todo este tiempo y traerte otras. Por la tarde estaría seca tu ropa.
El secuestrado sólo dijo:
—No importa. Yo estoy limpio y con eso basta.
Días después
Esa como hambre le seguía torturando las entrañas a cada segundo más...
A los días siguientes
Hubo un cambio notable. Ya no era el secuestrador quien preguntaba por el color, sino el mismo secuestrado quien, por iniciativa propia, lo anunciaba con espontánea seriedad.
—Es del color de una gallina guinea —esperó el resultado con la mirada en el rincón opuesto al suyo.
—Noo, no, no... —decidió desalentado y aburrido el gordo, con el matiz vocal del que guía a un ciego necio. Sus mejillas, babosas como mejillones, trazaron la concavidad de los hoyuelos al observar al decadente muchacho, tan lozano y activo tiempo atrás.
Hacía un frío insoportable en el inhóspito seno del sótano la mañana en que el secuestrador entró con el siempre flamante desayuno y, tras quedarse observando los gestos que el ecce homo hacía al incorporarse a medias para tomar los alimentos, se mantuvo en silencio mientras entraba en éxtasis al oír el punto climático de la Melodía, que llegaba desde el rincón opuesto.
El secuestrado, que tenía cansancio milenario en el lugar donde generalmente está el juicio, comentó con la clarividencia de un santo:
—Ya sé: es de un color increado. Un color que al ser humano no le está dado conocer ni imaginar. Sólo a seres como tú le son revelados conocimientos de este tipo.
—¡No me quieras ver la cara de pendejo! —se exasperó el gordo inusitadamente—. ¿Qué crees?, ¿que con tus halagos me vas a echar tierra a los ojos o qué? Me voy dando cuenta de que quieres seguirme la corriente, ¿sabes?
—Ni pensarlo... Eso era antes. Ahora estoy en verdad intrigado con este enigma del color musical... —siguió comiendo. El pan se le desmoronaba al morderlo, cayéndole las migajas sobre el vello del abdomen y de los genitales. Cuando terminó de deglutir el último pedazo de chuleta, preguntó con genuina curiosidad:
—Oye... ¿Nunca he estado ni así —mostraba un pequeño vacío entre su dedo índice y pulgar— de acertar?
—¡Uh, no! —respondió el gordo, con las manos en los bolsillos, arqueándose un poco hacia atrás—. Te confieso que me has decepcionado. Te rapté a ti porque creí que resolverías el enigma en cuestión de días, de horas incluso. Pero veo con pesar que me equivoqué. Y ahora estamos rodeados por hechos irreversibles que nos asfixian a ambos. No hay marcha atrás.
—Ni vuelta de hoja.
—Es lo mismo.
—¡Qué importa! —el muchacho continuaba comiendo con fruición.
...
El hambre lo atenazaba cada vez más difusamente.
Buscaba respuestas sin encontrarlas.
Sentía que la vida era tan chiquita y escurridiza que no valía la pena el intentar asirla, y que era tan enorme y ubicua que no habría brazos humanos capaces de abarcarla.
La víspera
El secuestrado le dijo al secuestrador, a la hora de la comida:
—La Melodía es únicamente del color de sí misma.
El gordo miró al secuestrado fijamente. Hizo una mueca y contestó:
—Eso es obvio: claro que es del color de sí misma.
Removiéndose en el suelo un tanto intrigado, el secuestrado exclamó:
—Entonces, ¡he atinado! ¡Ahí está por fin el color! ¡Ahí está tu color!
El gordo sonrió comprensiva y amigablemente.
—No es así de simple. El color es ése, pero la respuesta es otra. Y mientras no me des la respuesta correcta, el color no existe.
A la noche, el secuestrado, sentado con las manos entrelazadas sobre las rodillas juntas y la cabeza gacha, escuchó cómo el secuestrador entraba al sótano. Le pareció extraño porque ya le había llevado la cena.
Las ratas corrieron hacia las cajas cuando el gordo encendió la luz. Si Quevedo dijo: Érase un hombre a una nariz pegado, éste era un hombre a un estómago pegado.
—¿Qué pasa? —preguntó el secuestrado levantando la mirada, frotándose los ojos con gesto displicente.
—Yo no sabía que había ratas aquí —comentó sorprendido el gordo al verlas correr como sombras instantáneas—. Mandaré desratizar. O lo haré yo, mejor.
—¡Oye! Si un día amaneció muerto un ratón aquí y hasta lo sacaste tú con un recogedor —reclamó el muchacho, sintiendo el dolor de encontrarse de pronto desatendido.
—¿En serio? Honestamente no me acuerdo.
—No le hace. ¿Qué pasa? —insistió.
—Vine a ver si no necesitas nada —el secuestrado dijo que no con la cabeza—. Estoy insomne y pensé en ti. ¿Tú dormías?
—No me acuerdo. No, no necesito nada —pensó algo y preguntó—: Oye, ¿tú crees que se requiera mucho dinero para provocar hacinamientos morbosos en la capital del planeta?
—Siendo sinceros, no lo sé —respondió el gordo considerándolo un momento—. Bueno, si no te hace falta nada, me retiro.
—Ajá... Puedes irte —bajó otra vez la cabeza.
El secuestrador se volvió como asaltado por una repentina duda. Caminó unos pasos y preguntó al secuestrado:
—Hey: ¿cuál es tu nombre? Se me ha olvidado. Se me ha olvidado preguntártelo, digo....
—Jorge, pero muchos me dicen Coque.
—¿De verdad? —se emocionó el secuestrador—. Pues yo me llamo Enrique y muchos me dicen Quique. ¡Quique y Coque! ¿No es gracioso?
—Sobremanera.
—¿Y piensas estudiar algo en la universidad?
—Tal vez.
—¿Qué?
—Tal vez comunicación, tal vez sociología, tal vez nada. No lo he decidido todavía.
—Aaah. Yo soy contador. Pero a veces me aburro de serlo.
Ya se iba cuando se le ocurrió otra pregunta y volvió sobre sus pasos.
—Yo tengo veintisiete años. ¿Y tú?
—Yo dieciocho... A lo mejor diecinueve... —hizo gesto de rumiar con destreza apolillada un pensamiento y pareció asombrarse—. Sí, puede ser... Estudio bachillerato.
—Está bien, Coque...
Y el gordo subía los escalones cuando se volvió para preguntar:
—¿Todavía no sabes el color de la Melodía?
El secuestrado tuvo la impresión de ser engullido por un vívido instante ocurrido mucho tiempo atrás.
Dijo, casi de manera automática:
—¿Es del color de..., de un microscopio aural?
El secuestrador se detuvo tieso, como si de repente no pensara subir los restantes escalones nunca más.
—Mi querido Coque —exclamó con una nota de conmoción en la voz—, vas mejorando; de eso no hay duda. Pero no: no es del color de un microscopio aural.
—Entonces todavía no —respondió finalmente el secuestrado (podría decirse que cariacontecido, alicaído, pero sería tanto como exagerar), y la oscuridad lo cubrió. Antes de cerrar la puerta, el secuestrador oyó que una voz le preguntaba desde las profundidades del sótano:
—¿Qué hora es?
Se encendió una lucecilla allá desde la puerta, en el reloj de muñeca del secuestrador.
—Las doce con cuatro minutos.
La puerta se cerró.
Un primero de febrero, pero de otro año
El secuestrador tragó saliva con dificultad al notar que su secuestrado no tenía pulso y estaba helado, sin ropa ni cobija que lo cubriera, con un cuerpo amarillento por el que un día había corrido ávida y vertiginosa la vida, las manos oprimidas como para siempre contra el estómago, un rictus que pedía respeto póstumo en la cara, los pelillos de las piernas —que seguían atadas a la columna— erizados de tan entumidos y de tan sin vida, inerte e inerme su aspecto general.
El gordo secuestrador musitó, lamentando con sinceridad la pérdida, sin saber de pronto lo que haría con su vida:
—Esto se pone feo. Y pensar en lo fácil que pudo haber sido la solución...
Detuvo la Melodía con gesto solemne, rezó algo en el tenso silencio naciente, echó una cobija sobre el irremediable cadáver, tomó la grabadora y salió dando un portazo de punto final.

1 comentarios:
Un relato de actualidad, aunque el motivo del secuestro sea algo insólito; sin embargo hay gente capaz de percibir la dimensión visual de la música, como aquella chica que al escuchar el concierto para violín de Tchaikovsky, de un verde indecible, decía que era amarillo no sé qué; y si hubiera sido secuestrada por el villano del relato, su capacidad de percepción no la habría salvado, ya que la melodía suena y quien puede visualizarla lo hace de acuerdo a su sensibilidad.
En fin, el cuento nos remite a este mundo en el que hay dimensiones que no todos perciben, y querer que todos las perciban, o impedírselo a quienes sí pueden hacerlo, conduce a la violencia y la muerte.
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